Ordenado en Calabozo y con más de medio siglo de vida consagrada, Cruz Mujica lidera hoy la parroquia de Altagracia de Orituco. Pese a no haber tenido una vocación temprana, el sacerdote rechazó otros destinos para establecerse definitivamente en el pueblo gracitano.
Por Alondra Spinelli
Ahí estaba, sentado en su oficina, como si el tiempo no hubiese pasado. Y es que, quizás, nada ha cambiado. La puerta de acero marrón que chirría cada que la abren, el olor de los libros antiguos y documentos apilados en su escritorio; el sonido del aire acondicionado viejo, su cabello igual de blanco como la paz que profesa y sus ojos celestes que han sido testigos del inicio de la fe, del amor y la despedida de cientos de gracitanos.
Cruz Rafael Mujica Clermont ha dedicado más de la mitad de su vida al sacerdocio. A sus 25 años fue ordenado sacerdote en Calabozo, Estado Guárico. 6 años después, llegó a Altagracia de Orituco, y desde ese momento, ha llevado la palabra de Dios y sus discípulos al pueblo gracitano. Mujica es la máxima autoridad en la parroquia Nuestra Señora de Altagracia. Todos lo conocen, saben quién imparte la homilía los domingos, en días de conmemoración o fechas clave en la agenda católica.
“Yo creo que ahí te equivocas (…). Yo no soy una personalidad”, comentó con una sonrisa de lado y sus manos entrelazadas cerca de su barbilla. Como si él fuese solo un servidor o un simple portavoz. Su destino parecía estar escrito desde su nacimiento.
—Cruz… Qué curioso. Nacer el día de la santísima cruz, ser bautizado con el mismo nombre y terminar dedicando más de 50 años al sacerdocio. ¿Cree que esto es mera coincidencia o fue una señal del destino?
—Depende de cómo lo veamos. Por tradición, se le pone el nombre del santo a la persona si nace el día que se conmemora a ese santo.
—¿Y siente que esa tradición pudo ser un llamado?
—Yo a veces digo que las cosas que la vida tiene para uno, pues, le llegan. Cuando nací estaba siendo atendido por una comunidad religiosa, a la que pertenece la madre Maria Rendiles, y una de las hermanas le dijo a mi mamá: “ojalá sea sacerdote”.
—¿Cuál es el primer olor o sonido que le viene a la mente al recordar su infancia?
—Tantas cosas. Mi infancia fue en el campo y esas vivencias no se olvidan. A nosotros, la gente del campo, nos encanta el olor a mastranto, aunque no parezca muy bueno. También recuerdo el olor de una flor… malabar, se llama. Tiene un olor característico.
—¿Cómo definiría su infancia?
—Feliz. Dentro de todas las limitaciones de una vida en el campo, hay vivencias que uno se lleva y no se olvidan nunca.
—¿En qué momento se dio cuenta de que quería dedicar su vida al sacerdocio?
—Yo nunca tuve la idea de ser sacerdote, nunca fui monaguillo.
—Entonces, sigue la coincidencia.
—Cuando me tocó entrar al bachillerato no sabía qué hacer. Una tía me dijo que ingresara al seminario, que es donde antes se estudiaba para ser sacerdote, y yo le dije “bueno…”, pero fue así, como por no dejar. Recuerdo que me fui de vacaciones a un fundo de mi familia y al llegar mi tía seguía insistiendo con la idea del seminario. Mis papás me apoyaron. Pero yo iba con la idea de estudiar, no había ni la idea de terminar siendo sacerdote.
—¿Y después del seminario?
—Después del seminario me fui a estudiar filosofía y teología. Eso fue una de las cosas que más me afectó, tener que irme.
—¿Y a dónde fue?
—Fui a Barquisimeto a estudiar filosofía y luego teología en San Cristóbal.
—¿Cómo terminó en Altagracia de Orituco?
—Yo creo que el destino. Para mí, lo más desventajoso era estar acá. No tuve buenas experiencias las veces que vine con Pedro Piñango, uno de mis compañeros seminaristas, cuando andábamos en campaña vocacional. Años después tuve la oportunidad de irme a Valle La Pascua cuatro veces, pero decidí quedarme.
Después de 10 minutos y una conversación amena, Mujica aparenta estar más sereno. Su barbilla ya no descansa sobre sus nudillos, su expresión facial ya no se ve tensa ni confundida y sus piernas ya no están cruzadas. Evoca calma y sus respuestas comienzan a fluir como el cauce del río en un abril en el llano.
—No tenía la idea de ser sacerdote, ¿cuáles fueron las profesiones que pasaron por su mente antes de iniciar este camino?
—Cuando “decidí”, tenía 14 años. No sabía qué quería hacer. Sin embargo, tenía familiares militares, pero me fui por la religión y mis padres siempre me apoyaron. Se fue dando y llegó el momento de tomar la decisión. Yo le dije a Dios que si era así, que me ayudara a seguir adelante y que si no, que me sacara del camino.
—¿Recuerda su primera eucaristía?
—¡Claro que la recuerdo! Fue en la Catedral de Calabozo. Con gran entusiasmo y alegría. Estaba acompañado de toda mi familia: mis hermanos, mi mamá, mi papá y mis amigos.
—¿Estaba nervioso?
—Por supuesto. A mí una de las cosas que más me ha costado es hablar en público. Pero Dios le da la facultad a uno de hacerlo incluso con miedo.
—¿Tiene algún ritual antes de comenzar una homilía?
—Preparar la palabra de Dios. Y lo fundamental en todo esto es lo que nos dice San Pablo porque uno habla para el pueblo, no habla para uno mismo. Por eso siempre hay que hablar desde el mensaje de Cristo y hacerlo llegar de forma clara, llana y sencilla.
—Recuerdo que antes de mi primera misa, el Obispo Monseñor Salas, me invita a que lo acompañe a un pueblo cerca de Calabozo para dar una eucaristía. Antes de comenzar me dice: “da la homilía tú”. Y yo lo hice, pero cuando veníamos de regreso me pregunta: “Cruz, ¿para quién hablaste tú?, ¿hablaste para mí o hablaste para la gente?”. Es una lección de vida que me dio. Hay que adaptarse a la situación y al auditorio. No con ese palabrerío.
—Ahí es donde uno se da cuenta de que la teoría y la práctica no son tan afines.
—Así es. Cuando uno sale del seminario, viene con un vocabulario totalmente distinto, más técnico.
—¿Cómo ha evolucionado su relación con Dios en los casi 55 años de servicio?
—Dios es, como él mismo lo dice, el camino, la verdad y la vida. Él es quien nos orienta y nos guía siempre. Es el soporte de todo, porque cuando uno tiene alguna preocupación o problema, siempre acude a él. Dios ha sido lo fundamental en mi vida.
—¿En algún momento ha sentido la tentación humana de juzgar a quienes confiesan sus pecados?
—Yo digo que eso es de parte de Dios. Si tú te confiesas conmigo, me puedes decir lo que quieras y tener la seguridad de que cuando salgas, yo no me quedaré pensando en lo que hiciste o dijiste. Dios le da esa gracia especial a todos los sacerdotes, para poder tener esa comprensión, brindar la misericordia y el perdón, no a juzgar.
—El mundo parece estar cada vez más alejado de la fe, ¿usted cree que aún hay personas que quieran dedicar su vida entera al sacerdocio?
—La escritura nos muestra que la fe siempre ha estado. Lo que yo pienso que se ha transformado es la manera de vivir y profesar la fe. No va a desaparecer. El señor siempre hace el llamado, pero la respuesta siempre va de parte de nosotros. En la escritura, Dios nos pone la vida y la muerte, pone el agua y el fuego, pero depende de nosotros y de lo que queramos vivir. Dios sigue llamando a la santidad.
—¿Usted cree que ha alcanzado la santidad?
—Hay un concepto de santo que es completamente distinto a lo que verdaderamente es ser santo, porque ser santo es alcanzar la vida eterna. La santidad está en cumplir la voluntad de Dios y los mandamientos.
—¿Qué le gustaría dejarle al pueblo gracitano o cómo quisiera que lo recuerden?
—Tal como lo vivimos ahorita. Yo me siento acogido aquí, por parte de ellos. Y pienso que, con mis años y mi administración, en la medida de que se ha podido, se ha cumplido la misión que he tenido. Con fallas, como todo en la vida.
La historia de Mujica no comenzó el día de su ordenación, ni siquiera cuando entró al seminario. Su vida es el eco de una voz que lo llamó desde la eternidad. “Antes que te formases en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”, Jeremías 1:5.